LA COMUNIDAD EN ONUVA

Hace 26 años –aunque parece que fue ayer– emprendimos esta aventura.

 

Vinimos a Onuva y en nuestra mochila traíamos muy pocas cosas, pero sí, una gran fe. Nos fiamos de las propuestas de Dios, que El hacía en lo interior del corazón y se apoyaban en la Palabra del Evangelio.

 

Durante muchos años, vivimos una vida sencilla de trabajo en el campo, en las construcciones de nuestras viviendas, perseverando en una oración esperanzada.

Lo que hicisteis o dejasteis de hacer, conmigo lo hicisteis o dejasteis de hacer

 

Poco a poco el desierto iba floreciendo, se fueron uniendo a la causa más hermanos, y como el proceso de una flor que lentamente despliega su belleza, la comunidad fue mostrándose más como reino de Dios.

 

Para vivir del Evangelio como las primeras comunidades, con una opción definida por los pobres, hombres y mujeres de toda raza (Este año al celebrar la Navidad nos sentamos en la misma mesa unas cuarenta personas; españoles, franceses, portugueses, italianos, centroamericanos, peruanos, suecos, marroquíes, nigerianos), intentamos hacer de nuestra vida una parábola que anuncie el reino de Dios.

 

Lo más específico de la comunidad es vivir cada semana en tomo a la pascua y entender el grito de los pobres como un misterio pascual, y acoger este grito; es decir, lanzamos al servicio de ellos, de una forma liberadora: la del evangelio.

 

Aquí, hoy en Onuva, formamos la comunidad:

 Tres sacerdotes, una viuda (su esposo, después de 26 años de vida comunitaria, murió como un cristiano), cuatro familias con sus hijos (una de ellas con 4, dos con 3, una con 1), seis célibes mujeres y tres célibes hombres.

 

Nos sentimos una comunidad cristiana dentro de la Iglesia Católica y de algún modo sentimos como consuelo y donde se expresa de la mejor forma posible, lo que intentamos vivir, el apartado 62 del documento del Papa Juan Pablo II «Vita Consecrata», donde el Santo Padre habla de las Nuevas formas de vida evangélica.

 

Somos conscientes de la vulnerabilidad de nuestra vida comunitaria, sobre todo por la diversidad de estados y también por las diferentes culturas, pero nuestra seguridad está en el Señor Jesús que nos ha llamado y en el trabajo de cada hermano y hermana en definir su propia vocación, célibe, matrimonio, sacerdote, y empeñarse en ser, con la ayuda de Dios, todo lo posible que nos sea, fieles.

 

El día a día de la Comunidad

 

Son las 7:30 de la mañana, silenciosamente han llegado los hermanos y hermanas, y se sumergen en su oración, me fijo en el detalle de cómo se abre la puerta de hierro y cristal, asegurándose de no hacer el mínimo ruido a fin de profanar una atmósfera de plegaria que instintivamente te adentra en la contemplación muy sencillo del misterio de Dios.

 

A las ocho, un hermano se levanta y comienza la oración comunitaria, se canta un himno, se lee un salmo y se proclama un texto de la Sagrada Escritura; después de media hora de escrutante silencio, se comparte y se concluye con el Padre nuestro.

 

 

Pasadas las nueve se comparte en la alegría, muy espontánea y hasta explosiva, el sencillo desayuno que ha preparado el hermano al que le toca ese turno. Pan con aceite o margarina, algunos días mermelada, y hay quien al aceite encima le pone jugo de naranja y se bebe café con leche.

 

Terminado el desayuno todos van a levantar a los enfermos. El Centro u Hogar de Onuva, tiene 49 camas, dicen los hermanos que es una familia para quienes no tienen recurso. Cada cual puede adivinar, detrás de cada residente se esconde una historia para no dormir; de dolor, de soledad y abandono, cuando no de extrema marginación.

 

Ducharlos, afeitarlos, vestirlos, curar sus heridas, tirar de sus carritos hasta el comedor; allí otros hermanos tienen preparado el desayuno y amorosamente ofrecen la comida.

 

Sobre las once, todos están listos. Es para todos otro momento. Los acogidos comienzan sus actividades, unos ayudan en cocina, preparan el comedor, hay talleres de música dos días en la semana, y juego de mesa los otros días, paseo por la finca y siempre un hermano(a) está cerca de ellos. Los días de sol, ¡ya pasó el invierno, gracias a Dios!, salen a la terraza y se juega a la pelota o sencillamente se está hablando o gozando...

 

Los hermanos, organizados como las hormigas, cada uno a partir de las once va a sus tareas, la huerta, el olivar, los jardines, la oficina, y cada uno hace su turno de adoración en la presencia de Jesús Sacramentado. Como ellos dicen, es en la oración donde Dios nos sostiene y sostiene toda su obra.

 

A la una, la mayoría acuden de nuevo al hogar, hacen falta todas las manos, hay que dar de comer a los acogidos. Después se friega y toca la campana para que la comunidad comparta la comida.

 

En el comedor grande se reúnen los célibes y sacerdotes y las familias que están en el periodo de formación. Las familias comprometidas almuerzan con sus hijos en sus pequeñas casas; sólo se reúnen todos para la comida del mediodía el domingo y los días de fiesta de la comunidad.

 

Después de la comida se recoge y continúan los turnos con los acogidos, un tiempo de descanso, oración y a las 5,30 la campana llama a los oficios de la tarde, se reza el rosario a la Virgen, cada día se repite a la Madre del Señor: oir y estar atentos al grito de los pobres y se suplica por su liberación. Después las Vísperas y la Eucarístia. Es el momento más fuerte del día. No hay prisa, en tomo al altar se renueva la tarea de hacer la fraternidad y anunciar con el amor y el servicio el Reino de Dios.

 

Pasadas las siete, aunque no hay una hora para terminar, el oficio ha concluido. Pero, algunos hermanos que no han podido en otro momento, paran para hacer un espacio a la escucha, a la adoración, al silencio; se quedan en la Capilla.

 

Se siente el agua que se agita en los aspersores que riegan el césped, y al hermano que refresca las plantas y flores del jardín, los árboles, etc.

 

A las 8 es la cena de los acogidos, nuevamente se agrupan el mayor número de hermanos y después hay que subirles a las habitaciones para el descanso.

 

A las 9,30 será la cena de la comunidad, cuando todo está listo, cerca de las 10:30, todos desaparecen cansados en el cuerpo, pero felices de haber respondido a una llamada que se apoya en la palabra del Evangelio.

 

 

 


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